Royal Opera House. Londres, Inglaterra

IMG_7591

 

Cuando me detuve enfrente de la fachada de la Royal Opera House como parte importante de mi itinerario en Londres, nunca me imaginé que un día después, la primera vista que tendría de la sala principal sería nada menos que desde el interior de la fosa de la orquesta.

El Royal Ballet había terminado su temporada de verano hacía una semana y los lugares para las visitas guiadas que ofrecen a los turistas también estaban ya agotados, por lo que mi paseo se limitó a la entrada principal del edificio y a la famosa tienda del teatro. Mientras pagaba el video que había decidido comprar después de un largo rato de curiosear por la videoteca tuve una sencilla conversación con el vendedor que acabó convirtiéndose en una gran experiencia. Él resultó ser más que el empleado de la tienda: periodista de ballet en Inglaterra y redactor de programas de mano del teatro, Gerard Davies me invitó a ver al día siguiente el ensayo general de Falstaff, la última ópera cómica de Verdi, desconocida para mí hasta ese momento. La razón era muy sencilla: él tenía una cortesía de la que gozan todos los empleados y familiares de la Ópera y no podría ir —pues su trabajo se lo impedía—, así que decidió ofrecérsela a la primera bailarina mexicana que apareciera en su tienda.

Emocionada, acepté la invitación y la hora de llegada (Gerard me había insistido con cierto misterio que llegara dos horas antes de la función) y a las 10 de la mañana llegué a la entrada principal, dónde él, como buen inglés, ya se encontraba. Sin decirme mucho me hizo seguirlo por unas puertas laberínticas hasta que el techo de un cuarto lleno de atriles se despejó y frente a mí apareció el conjunto de butacas de terciopelo rojo resguardadas detrás de barandales dorados. Estábamos exactamente abajo del escenario principal, donde dos violinistas practicaban para el ensayo del mediodía: además del boleto para el ensayo, la sorpresa de Gerard Davies incluía un tour por el backstage del recinto.

Cuartos de ensayo, talleres de vestuario, oficinas, baños, bodegas de escenografía, vestíbulos, staff, terrazas, clósets de instrumentos musicales, utilería de Giselle, casacas de Carlos Acosta y Federico Bonelli fueron parte del paseo. Gerard me explicaba todo sobre el funcionamiento de cada rincón de un lugar del que cada vez más parecía conocerlo todo. La lista seguía: salones de la compañía de ballet, grandes ventanales con hermosas vistas de Londres, bailarines, estrellas mundiales que él me presentó y que felizmente abracé para una foto, retratos de Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev tapizaban las paredes y había referencias a personajes como Kenneth McMillan por todo el lugar. Cuando yo le pregunté por qué hacía todo esto, Gerard me dijo que no podría aceptar jamás que una bailarina estuviera en Londres sin conocer la Royal Opera House. Así seguí sus pasos por los pasillos y elevadores dejándome sorprender. Sentí una profunda emoción al darme cuenta de que tengo la fortuna de bailar en el lugar equivalente en mi país. Mientras platicaba de todo esto con mi amigo inglés se me ocurría que sería una buena idea hacer lo mismo con él en la ciudad de México y en el Palacio de Bellas Artes, tan imponente como el edificio inglés.

Nos despedimos momentáneamente y me encaminó hacia la sala principal para tomar mi asiento. El ensayo general de Falstaff estaba cerca de empezar y, como si no hubiera habido demasiadas sorpresas, el boleto era de una zona preferente así que me senté en la quinta fila en un lugar que yo misma escogí. La informalidad del espectáculo era maravillosa: poco público (familiares, amigos, etc), el director de orquesta en jeans y camiseta y una mujer que anunció que todavía podría haber detalles incompletos de iluminación y que posiblemente las voces de los cantantes se dieran la libertad de no estar al cien por ciento toda la función. Ésta era apenas la tercera ópera que veía en un teatro y nunca me imaginé que un espectáculo así podría hacerme reír tanto; siguiendo la historia gracias a la pantallita con subtítulos arriba del escenario descubrí una comedia de enredos que también hizo reír a carcajadas al no muy numeroso público de esa mañana.

Tres horas y dos intermedios después volví a encontrarme con Gerard en su tienda. Antes de despedirnos definitivamente y como si no hubiera sido suficiente, me regaló revistas de danza europea y publicaciones de su autoría. Yo simplemente ya no encontraba la manera de darle las gracias; quería que supiera lo especial que había sido para mí ese día, la importancia que a partir de ahora tenía en mi vida esa experiencia.

Cuando salí a la calle y me encontré al cantante principal que había interpretado a Falstaff (italiano, 1.90, gran tamaño) y después me topé con un cuarteto que interpretaba Las cuatro estaciones de Vivaldi mientras bailaba al ritmo de sus propios violines enfrente del mercado de Covent Garden tuve que sentarme en la banqueta a respirar. Por un segundo conocí un sentimiento nuevo y desconocido: el lado avasallador de la felicidad.

 

IMG_8446

IMG_7728

 

 

congerard

 

Deja un comentario