La Ópera de París y La fille mal gardée

operadeparis.sala

Hemingway dijo alguna vez: “Nunca escribas sobre un lugar hasta que estés lejos de él”. Quizá, porque, ¿de vuelta a la realidad pensaremos objetivamente en la experiencia como un recuerdo? ¿O porque lo evocaremos con la nostalgia de lo que fue haber estado ahí? De cualquier manera lo vivido nos transforma y eso me parece una de las aventuras más valiosas de la vida: enriquecernos cada vez a partir de cosas vividas, de experiencias acumuladas.
París este verano fue la puerta hacia una de esas experiencias. Cuna del ballet clásico y casa de una de las mejores compañías de ballet del mundo, la ciudad es un gran personaje: es hermosa, bohemia, melancólica y revoltosa. En ella encierra al Palais Garnier, inaugurado en 1875 y casa del Ballet de la Ópera Nacional de Paris. La función a la que acudí esa noche: La fille mal gardée que, en su penúltima función antes del cierre de la primera temporada del año, empezó a las 8:30 pm.
Previa a la tercera llamada (que el público reconoce al oír el tintineo suave de unas campanitas) la entrada al edificio resulta fascinante: (y aquí hago espacio para decir que nuestro Palacio de Bellas Artes no se queda ni un paso atrás en belleza arquitectónica) columnas de mármol y figuras alusivas a la mitología griega decoran el interior en tonos dorados. Un vez dentro de la sala, el telón impacta la mirada con su opulencia, pareciera un vasto oleaje de color rojo intenso. Arriba del escudo de armas de Luis XIV, la pintura de Chagall sobre el techo de la sala domina el espacio con su —desconcertante— estilo; sus colores verde, azul y amarillo hacen referencia a distintos pilares de la música clásica: Wagner, Mozart y Tchaikovski. Estar ahí dentro es ya parte del espectáculo.
Binoculares y programa en mano compartí con otras dos mil personas la función. La coreografía de Frederick Ashton, que estrenara originalmente el Royal Ballet, da forma a un ballet que es auténticamente francés al haber sido creado por primera vez por el coreógrafo Jean Dauverbal y que la compañía de la Ópera de París sabe hacer muy bien sencillamente porque reconoce su identidad. La primera escena consiste en cinco simpáticos gallos bailando en la tranquilidad de una granja, momento que arranca la primera sonrisa del público. La fille mal gardée es una obra enternecedora, divertida y muy disfrutable; de una originalidad coreográfica que hay que agradecer y que, a pesar de tener una fuerte carga teatral, contiene un lenguaje dancístico muy amplio y variado. La historia es muy sencilla: trata sobre gente común que vive enredos muy simples; todo transcurre en una granja de Francia donde Lissette y Colín, dos jóvenes enamorados, pelean por su amor a pesar de los intereses particulares de la madre de ella. Mélanie Huriel, primera bailarina, interpretó a Lissette con la limpieza técnica y pureza que definen a su escuela francesa y con las zapatillas de punta brillantes y sonoras características de esta compañía; ella las usa tan magistralmente que el ruido de las puntas sobre el linóleo resulta incluso musical. Como reproche podría opinar sobre ella que interpretativamente no me quitó el aliento. En papeles así prefiero a bailarinas como Mathilde Froustey y a nuestras Lissettes mexicanas de la CND: mucho más expresivas y juguetonas. Francois Alu, primer bailarín, fue maravilloso en el papel de Colín: ágil, expresivo y virtuoso, con una personalidad entrañable. La clog dance (o danza de los suecos) ejecutada por los pies de Mama Simmone (Takeru Coste, cuerpo de baile) es quizá la escena más conocida de este ballet. Poseedora de mucho encanto, provocó que las cabecitas de todas las butacas del Palais Garnier se sintonizaran con rítmicos movimientos de lado a lado. La pieza terminó en tres minutos arrancando aplausos y muchas sonrisas.

Gracias a los binoculares pude saciar una de mis mayores curiosidades durante la función: acechar al cuerpo de baile mientras transcurría el pas de deux principal. Y sí, son personas de carne y hueso. Se relacionan entre ellos involucrados en la escena pero por momentos divagan, se dicen alguna cosa pretendiendo estar gesticulando como campesinos y uno que otro se queda pasmado sin comprometerse mucho, pero después, al bailar en conjunto, dejan ver un poco de eso que los hace uno de los mejores cuerpos de baile del mundo: un grupo muy homogéneo en su fisionomía, aunque desafortunadamente éste no sea un ballet donde el corps de ballet tenga una gran presencia.

La escenografía, iluminación y utilería son dignas de admirar: detalladas y ocurrentes. Al final de la función se quedó también en mí la satisfacción de haber sido parte de un público involucrado y cariñoso con sus bailarines, tanto que merece un respeto aparte; una audiencia participativa a cada momento, evidentemente conocedora en su mayoría pero sobre todo entregada a sus artistas. Por momentos eso resultó incluso más emocionante para mí que la obra misma.

Al salir, fue una buena idea hacerme de una postal en la tienda del museo que decía: “Vive mientras bailas, -Rudolf Nureyev”. Después bajé con calma y con un aire distinto por las escaleras del Palacio hacia la calle donde un músico callejero y su guitarra interpretaban “Aleluya”, de Leonard Cohen, cambiando de ambiente de manera radical.

 

 

Myriam Ould-Braham y Josua Hoffalt en La Fille mal Gardée. © Julien Benhamou
Myriam Ould-Braham y Josua Hoffalt en La Fille mal Gardée.
© Julien Benhamou

 

 

 

Deja un comentario