El suspiro de una serenata

Foto: Guillermo Galindo

 

“Mucha gente piensa que hay una historia oculta en el ballet, pero no es así. El ballet es, simplemente, bailarines en movimiento en una bella sesión musical. La única historia es la historia de la música, una serenata, un baile, si es posible, a la luz de la luna. Esa obra de Tchaikovsky, que no fue compuesta para el ballet, tiene cuatro movimientos bailables que sugieren diferentes emociones.” George Balanchine

Serenade (1934) es el primer ballet de George Balanchine en Estados Unidos. Es también, la primera obra de Balanchine que he interpretado. Una primera impresión verdaderamente contundente, una pieza de aproximadamente treinta minutos donde lo que sucede es una experiencia similar a estar una montaña rusa dancística: hay solistas y cuerpo de baile, todos suben y bajan, corren, saltan y giran con muchísima energía. También hay escenas tranquilas Me impactó mucho la manera de ensayar de Elyse Borne (auténtica discípula del coreógrafo y repositora de sus ballets, miembro de la George Balanchine Foundation) porque sabía que había sido una verdadera bailarina de “Mr. B”; su pasión por la coreografía y la danza era contagiosa: no la veía comer ni beber agua en las seis horas que duraban los montajes diarios y trabajaba sin descanso. Admiré la manera en la que resolvía nuestras dudas; conocía todas las entrañas de la obra.
La dificultad de este cuerpo de baile consiste en la gran precisión que se requiere física y mentalmente: cada bailarina tiene una cuenta exacta, los cánones son continuos y se realizan a gran velocidad. Para bailarse bien se necesita conocer el estilo, algo difícil si no se ha estado trabajando meses antes en él, pues es un estilo celoso con el que no muchas compañías están familiarizadas.

Serenata es una pieza vertiginosa y excitante, gracias a ella experimenté uno de los momentos más emotivos hasta ahora vividos en el escenario: durante la obertura, con el telón abajo, el cuerpo de baile ya está colocado inmóvil en el escenario. Decir inmóvil resulta contradictorio porque no es fácil estar completamente estático en el escenario, es imposible controlar los latidos del corazón ante un momento tan sublime. La música es apasionante y enternecedora. Con el final de la obertura se levanta el telón y el cuadro del cuerpo de baile vestido de azul celeste, mirando hacia arriba la mano derecha (un diamante, una clásica imagen “balanchiniana”, el cielo, una hamburguesa —según simpáticas sugerencias de la ensayadora niuyorkina— o cualquier imagen inspiradora o cotidiana que nos ayude a transmitir belleza ,paz y placer en la mirada) generalmente provoca un suspiro en la audiencia. Un suspiro que un día llegó a ser tan evidente que se escuchó en la sala, unificado. No supimos si sonreír o dar las gracias por semejante demostración de afecto, no podíamos más que empezar a bailar. Llegué a dudar si se habían invertido los papeles: y sí, comprobé que eso es posible y que habíamos sido nosotras el público conmovido.

 

 

 

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