Momentos cotidianos. Personalidades.

raymonda backstage

 

En la vida de un bailarín hay muchas maneras de pasar treinta y seis horas semanales. Cada día es diferente. Algunos son más emotivos si en el ambiente flota algo especial (un estreno o un fin de temporada, un montaje nuevo ). Hay otros donde nos sentimos más competitivos,más motivados,o días terribles donde no podemos dejar de compararnos con todos los demás y donde nos sentimos terriblemente frustrados.

También hay días nublados, días promedio, ensayos tediosos donde existe la sensación incluso vacía de sólo “estar trabajando”. A veces empezamos a jugar entre nosotros; tal vez se vuelva divertido pero las miradas son constantes hacia el reloj… con impaciencia deseamos que termine el ensayo. Nos decimos unas a otras cuánto nos duele traer las puntas tanto tiempo. Hacemos bromas sobre las poses del ballet en turno. Nos impacientamos con nuestras propias compañeras. Finalmente, a veces se vuelve un trabajo cotidiano que hay que sobrellevar con profesionalismo. No siempre somos hermosas bailarinas felices bailando con tutús dando vueltas sobre una cajita musical. Y entonces ejecutamos automáticamente, nos preguntamos a qué hora acabaremos, experimentamos el hartazgo de repetir una y otra vez la misma formación, porque,aparentemente, algo no se resuelve bien y el cisne número ocho no llega a donde debería.

Repetimos por culpa de un error de alguien, o por uno nuestro y nos sentimos mal por ello. Intercambiamos miradas de tedio. Preguntamos cosas, aclaramos detalles, a veces se imponen opiniones si el ensayador es flexible con eso; o se siguen sus órdenes sin cuestionar nada. Las más altas culpamos a las de adelante por no llegar precisamente a las marcas donde comienzan las filas. Nadie quiere la responsabilidad de los errores; y todas queremos que nuestro cuerpo de baile quede perfecto. Corregimos a las más nuevas y tratamos de aceptar con humildad las correcciones que alguien más nos hace, pero nuestro orgullo nos hace desear no ser quienes se equivocan y de eso tratamos de defendernos culpando a alguien más. Somos egoístas.

Nuestro lugar de trabajo tiene la particularidad de estar rodeado de espejos. Es bonito, la gente que está en el salón se duplica respondiendo al efecto visual. Con estos espejos que nos reflejan constantemente es curiosa nuestra relación: observo a Sonia: que se ve a ella misma constantemente:, se arregla la falda , dobla un poco más las mallas, yo hago hacia abajo uno de los hombros de mi camiseta y practico algún otro paso en lo que la ensayadora revisa a la fila de adelante. Hay quien hoy evita mirarse. Automáticamente la gente que entra y sale de los salones se mira en ellos, por lo menos una vez. Somos capaces de relacionaros usando el espejo para hacer contacto visual con alguien sin estarlo viendo de frente . Después de revisar cómo se me ven esas zapatillas me distraigo, pienso en otras cosas, bromeo con mis compañeras que están sentadas. Algunas de ellas descansan y otras practican, cosen puntas, se estiran, miran el ensayo. Hay bailarinas que quizá están a la espera de una oportunidad para tener un lugar en el elenco, porque son nuevas. Me acuerdo de ese sentimiento: estar parada al lado aprendiendo una coreografía con la esperanza de ser parte de la gente que está trabajando en medio del salón. De repente, estando en esa posición, eso pareciera un universo lejano porque es difícil saber si uno formará parte de él.
Cada categoría es diferente. Conforme un bailarín asciende se muda a una cotidianidad diferente, a otros hábitos, a un poco más de soledad.

Por lo pronto, en un cuerpo de baile de aproximadamente veinticuatro bailarinas hay una variedad interesante de personalidades. Unas más pasivas que otras, o más participativas. Existen las bailarinas que siempre se aprenden todo a la perfección, incluso las partes que no les corresponden : en ellas confío para aclarar cualquier duda. Incluso son apoyo de los maestros; confiables y aplicadas. Yo me considero mucho más distraída: conozco bien la parte que me corresponde, pero no soy tan metódica , me dejo llevar por la música, en vez de contar cada cuenta de la frase, me aprendo los pasos y los hago como son, pero a veces si alguien me pregunta qué brazo va arriba no puedo contestárselo sin antes preguntárselo a mi cuerpo.
Cada quién tiene su propio temperamento, bailarinas que siempre quieren tener la razón en ocasiones adoptan el papel de maestras dentro de nuestro grupo. Personalidades fuertes e impositivas reaccionan a la defensiva cuando se les hace una observación, porque no les gusta ser corregidas. Hay algunas que nunca hablan, y pasan desapercibidas, haciéndolo todo bien.

Más tarde, en una función , donde tiene que haber homogeneidad, es difícil detectar estos rasgos de la personalidad de cada una, pero finalmente siempre habrá momentos clave donde nuestra esencia no se esconde (claro que bailando un solo o un dueto es más fácil). Tratándose del cuerpo de baile, hay que observar con más atención y con suerte habrá una mirada dispersa al público a la hora de “dar las gracias”, o una actitud diferente al momento de entrar al foro, que revelará un rasgo particular, ése que siempre nos hará a cada una únicas.

 

 

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