Camerino 116

sonia

Entró azotando la puerta del camerino sin querer; siempre lo hace porque se le olvida que es más ligera de lo que parece. Retumbé. Esta vez no me saludó, abrió las cortinas y un rayo de sol partió por la mitad el espacio como un cuchillo cálido; quise voltearme, me lastimaba el intenso brillo. Ella se sentó en el suelo frente a mí sin mirarme, sacó sus cosas de la maleta y con el mismo ritual de siempre acomodó el estuche del maquillaje, pasadores, peines, cepillos, redes para el pelo, un atomizador lleno de agua. Vio la hora, le dio un trago al café y me miró por primera vez. La noté cansada, sus pestañas estaban aún dormidas. “- qué mal te ves esta mañana”-. le dije. “- se te está maltratando la piel de tanto maquillaje”. No me contestó, sólo la escuché suspirar y la vi tomarse la cara con las dos manos, estirándola hacia atrás.

Pasó un corrector de ojeras por encima de las suyas e inmediatamente noté que su ánimo cambiaba y sus ojos empezaban a brillar; con los años me he dado cuenta de que éste es el primer defecto que las bailarinas quieren ocultar de sus pálidas caras, les resultan molestas porque evidencian su cansancio, aunque saben que en el escenario, de lejos y bien ocultas, nadie las nota y por lo tanto se sienten más bellas, aunque a mí no me engañan: sé que están ahí.

Estaba arreglándose demasiado cerca de mí haciéndome sentir incómodo, sus piernas chocaban conmigo por lo que suavemente hice presión sobre sus rodillas para que las moviera, ella amablemente cambió de posición, estirándolas para luego doblarlas en forma de mariposa. No sé como las bailarinas pueden volver a pararse después de estar así largo rato; sus posturas son antinaturales, nada como estar erguido, garboso, como un resplandeciente roble. Seguí de cerca todos sus movimientos ayudándola a ponerse las sombras, el delineador de ojos, el pegamento y las pestañas postizas; momento que por cierto es difícil para ella; cuando no puede pegar las pestañas en el primer intento se desespera y se toma la libertad de embarrarme con el pegamento; cuando ha logrado ponerlas  siempre le digo, orgulloso, que se ve encantadora; ella lo sabe y me sonríe. Esta vez lo logró sin dificultades y, presumida, se acercó todavía más a mí para enseñarme sus nuevos y grandes ojos, vi sus pupilas tan de cerca que me gustó la idea de soplar dentro de ellas; lo hice y noté su enojo pues se quejó con amargura de sentir una pelusa que la hacía llorar, se talló el ojo y se arruinó el delineado.

Cuando terminó, su cara y su ánimo se habían llenado de luz; me di cuenta por la manera confiada en la que hablaba con las otras bailarinas que habían ido llegando poco a poco al camerino a hacer lo mismo; todas igual de vanidosas. Ella reía, les contaba historias, escuchaba otras casi sin dejar de mirame. Después empezó a peinarse y me mojó con agua, también me roció de spray pero eso lo disfruté porque ese olor me fascina; de todos modos  se disculpó y me acarició creyendo acariciarse a ella. A veces, cuando se peina me gusta confundirla haciéndola creer que su chongo está más abajo de lo que debería o escondiéndole algunos mechones de pelo fuera de la red para que tenga que empezar de nuevo pero ella es tan hábil que mis juguetones trucos siempre son resueltos con impresionante maestría por sus manos bailarinas.

Se incorporó para cambiarse la ropa. Cerró las cortinas y mis ojos descansaron, tanto sol me había deslumbrado. Sin dejar de hablar me dio la espalda y se desvistió para ponerse las mallas, entonces vi su cuerpo, esas piernas que tanto me gusta observar. Como cada vez, me sorprendió la agilidad con la que se las puso: se paró en una sola pierna y estiró la tela como suele estirar los músculos, o estiró los músculos como si fueran mallas. Metió una pierna y luego la otra, las subió hasta la cintura. Después me miró y ambos disfrutamos el momento aunque yo sabía que realmente estaba pidiendo mi opinión. Casi siempre se la doy de buena gana y le digo algo agradable, excepto cuando tengo un mal día y me encuentro de mal humor. En esos casos le digo: “-tus piernas podrían ser más bonitas-“ o “-adelgazaste demasiado-“ . Cuando oye esto siempre se molesta y su indiferencia hacia mí se hace evidente, entonces comparte un poco de mí con las demás bailarinas y entre todas logran que me sienta abrumado; me hacen demasiadas preguntas, me exaspero y al no tener un comentario positivo para todas empiezo a decirles groserías al azar: “- te falta cintura-“, “-no te estás haciendo más joven-“, “-tus pantorrillas son muy pequeñas-“, – “ese vestuario te queda horrible-“. De repente me divierte y reconforta ser hostil.

Se ausentó con las demás durante un rato, todas salieron del camerino arrastrando los pies, puestas esas simpáticas pantuflas que los calientan. Regresaron al cabo de media hora, interrumpiendo la paz que yo había encontrado junto al olor del café que se había quedado conmigo, aunque a ella la había extrañado. Entró empujando la puerta nuevamente pero ahora sus movimientos eran rápidos, tenía prisa y el tiempo justo porque la tercera llamada estaba por llegar. La seguí con la mirada, no dejé de acecharla, sé que necesita mi opinión acerca del vestuario que usará ese día, de cómo se le ven esas zapatillas de punta o de si los ojos se verán bien abiertos desde lejos. La asesoré, ella confió en mí, le deseé suerte y la envié al escenario. Sé que a veces se siente perdida porque yo no estoy ahí, le hago falta y me busca donde no estoy; ha llegado incluso a buscarme en su propia sombra. La esperé en el camerino mientras bailaba; la esperé paciente, amplio, cristalino, simétrico, viendo hacia fuera por la ventana.

Al verla regresar supe que estaba cansada porque se apoyó en mí con las dos manos mirando al suelo. No me gusta que haga eso, así que la rechacé con un crujido y se quitó asustada; después me miró sonriente, disculpándose. Estaba contenta y me alegré de que le hubiera ido bien; otros días vuelve distinta, se deja caer frente a mí y me pregunta “-¿qué hago aquí?-“ Otras, se acuesta de lado sobre el piso de madera mirándome sin decir nada, viéndome a los ojos, que son los suyos. No le digo mucho, la acompaño mientras sus ojeras aparecen lentamente otra vez.

Olvidó mi presencia en cuanto se puso a hablar con sus amigas, que también habían bailado y yo no me ofendí, me gusta mucho escuchar sus anécdotas; hay días en que todas están satisfechas y otros en los que no quieren hablar ni con ellas mismas, en ocasiones alguna hasta me regala sus lágrimas. Empezaron a poner orden en el camerino y supe que faltaba poco para que ella se fuera, la vi quitarse el vestuario lentamente y  dejar la ropa de bailarina de lado, se puso los jeans y el suéter. Es raro que se desmaquille frente a mí, presiento que le da pena aunque no entiendo por qué si nadie la conoce mejor que yo. La dejo ser.

Sin prisa, guardó todo en su maleta, recogió la basura y tiró lo que quedaba del café. Con agua y  papel limpió mis manchas de spray, pegamento y lágrimas, sabe bien que no me gusta quedarme sucio.

Se paró en la puerta con la maleta colgando de un hombro y me miró; casi siempre es la última en salir del camerino (creo que le gusta despedirse de mí a solas). Me dedicó una última mirada y se la devolví feliz. La miré irse y me sentí solo así que la llamé pero no tuve respuesta. Ya no quiso verme, ya no quiso volver a verse. Desapareció.

 

“Que haya sueños es raro, que haya espejos,
que el usual y gastado repertorio
de cada día incluya el ilusorio
orbe profundo que urden los reflejos”

Jorge Luis Borges
Los espejos.

Para Julio.

7 Comment

  1. Laura Echevarría says: Responder

    Muy bonito! Hasta me pareció estarlo viviendo. Me gustó mucho. Beso.

    1. admin says: Responder

      Besos de vuelta, muchísimas gracias.

  2. Ivonne says: Responder

    Encantador espejo aquel de las bailarinas que viven las transformaciones día con día… disfruté tanto éste relato.

    1. admin says: Responder

      Me alegra mucho leer esto, Ivonne. Muchas gracias.

  3. El complice de todas las bailarinas …
    fascinante

    1. admin says: Responder

      Exactamente, querida Irma. ¡El cómplice!
      Un abrazo cariñoso.

  4. Cristina Novelo says: Responder

    Que bello relato. Me hiciste recordar un día De función en bellas artes. Gracias!

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