Rusia III. Anyuta, Yury y los idiomas.

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Cada uno de los días que pasé en Rusia este verano fueron inolvidables por diferentes razones; por ejemplo, por sentirme feliz de estar sola en un país tan lejano pero también por sentir soledad y tristeza mientras caminaba a mi hostal de noche algunas veces; por estar contenta de ser capaz de desenvolverme independiente frente a una cultura totalmente nueva o por el estado de vulnerabilidad en el que me sentí en muchas ocasiones; por ser ayudada por amables desconocidos o regañada e incluso acosada por otros. En este viaje encontré que la combinación de tales sensaciones es lo que hace tan fascinante la experiencia de viajar con uno mismo y mi tercera visita a un teatro de Moscú llevaba encerrada una de las experiencias más bonitas de esta aventura.

Yury, que ya ha aparecido en este blog en dos anteriores relatos, nos había invitado a Kilian, mi amigo y traductor y a mí a ver el ballet Anyuta en el Teatro Bolshoi. Desafortunadamente, Kilian tuvo que cancelar su asistencia debido a una emergencia personal, así que me avisó unas horas antes que tendría que ir yo sola a encontrarme con Yury, con quien a pesar de haber convivido antes no me había comunicado más que a través de Kilian. Esto inmediatamente me puso nerviosa e incluso me hizo sentir apenada. ¿Qué iba a hacer Yury conmigo sin poder hablarme? De entrada supuse que se sentiría incómodo al tener que llevarme a un espectáculo sin poder explicarme nada sobre el. Aún con incertidumbre y pena le dije a Kilian que no se preocupara.

Al salir del metro rumbo a la cita preparé el traductor ruso- español en mi celular (por si a Yury se le ofrecía decirme algo importantísimo) y me encaminé hacia la puerta del pequeño teatro Bolshoi. Digo pequeño porque en esta ocasión no iríamos al Bolshoi antiguo donde habíamos visto La novia del zar unos días antes, sino a la sede que se construyó para las compañías del Teatro cuando éste estuvo en remodelación. Este Bolshoi alterno fue construido en el 2002  a un costado del primero sobre una pequeña colina urbana y desde su terraza se tiene una hermosa vista de la ciudad.

Yury llegó al poco tiempo y fui a su encuentro para saludarlo, aunque realmente sólo atiné a decir: “Kilian niet” moviendo las manos en señal de negación. Él, sorprendido preguntó: “¿niet?”, llamó a Kilian por teléfono para confirmar la información y después de colgar subió los hombros, me agarró del brazo y me llevó hacia adentro del teatro. Como ya era usual, fui tras él con paso rápido hacia la taquilla y una vez en la sala principal se encontró con algunas amistades con las que aparentemente me presentó ya que éstas me dedicaron un “sdrasvuite” (buenas tardes) muy amable. Después de enseñarme mi asiento en la sexta fila Yury me dijo algo así como: “ Me voy, regreso en el segundo acto, primer acto malo”. Se dio la media vuelta y salió de la sala.

Francamente desconcertada volteé hacia atrás para comprobar que se había ido e inmediatamente pensé que me había abandonado ahí porque no quería pasar tiempo conmigo. Un poco acongojada pero entusiasmada por el ballet, me puse a leer el programa de mano que, a pesar de su cruel partida, Yury me había regalado.

A los pocos minutos empezó la función, el telón verde con dorado escapó hacia arriba y la primera escena que vi narraba el funeral de la madre de Anyuta. Mi corazón se encogió inmediatamente y quizá, de haber sabido lo que estaba por ver hubiera, como Yury, renunciado a entrar. En el centro del escenario había un gran féretro con el cuerpo de la madre; Anyuta, su padre y sus dos hermanos menores lloraban frente a él rodeados de grandes grupos de bailarines vestidos de negro a los lados del ataúd, cada uno con una vela encendida; la atmósfera era lúgubre y la música tristísima.

Durante la escena estuve echada hacia atrás en el asiento con el corazón sobrecogido, transitando por una emoción dolorosa que me llevaba a lugares de mi memoria que no tenía ganas de visitar. Después, la escenografía se transformó en la casa de esta familia donde el padre, contemplando retratos de la difunta esposa, consolaba a sus hijos y Anyuta pensaba en cómo sacaría adelante a aquellos hombres ante este desolador panorama que además estaba oscurecido por la sombra de la bancarrota. Luego de estas dos escenas el ballet adquirió un tono completamente distinto: un invierno ruso hermosamente recreado, nevado y con gente abrigada que bailaba por las calles se adueñó del inclinadísimo escenario. A través de divertidas escenificaciones de la vida cotidiana Anyuta contrajo matrimonio por interés, se hizo de varios amantes en el camino, suscitó chismorreos entre las mujeres de pueblo y provocó rivalidades entre sus pretendientes.

A la mitad de la obra, cuando se anunció el intermedio,  Yury apareció de nuevo y me llevó a la cafetería. Callado y decidido compró fruta, agua y chocolates, me guió hacia una mesita y me hizo señas de que me comiera todo rápidamente. Con el nerviosismo que me provocaba no poder hablar muy bien con él me animé a decirle que el ballet me estaba gustando mucho, usé palabras contundentes como wonderful, amazing, yes, yes, jarasho. Él asentía amable ante mis descripciones y en una mezcla de inglés, francés, ruso, español y señales corporales me dijo que no le gustaba ver el primer acto porque le resultaba muy triste, lo cual comprendí perfectamente. Después empecé a tener dudas más complejas a las que él tenía respuestas más elaboradas y para solucionar esto quise usar el traductor de mi teléfono, cosa que no funcionó ya que las traducciones automáticas no tenían ningún sentido, entonces, entre risas y muecas de desilusión, apuré la piña, el agua y  el chocolate y regresamos en silencio a sentarnos juntos a ver la segunda parte.

Anyuta es una obra preciosa inspirada en el cuento Anna, de Chéjov, con coreografía de Vladimir Vasiliev y música de Valery Gavrilin. Valses que celebran la navidad, fiestas en grandes salones, elegantes duetos e impresionantes solos de estrellas masculinas como Lopatin hacen de este ballet una pieza única que difícilmente se puede ver fuera de Rusia. Es un ballet muy vistoso creado en la década de los 80 en el que Anyuta baila un gran número de pas de deux con cada uno de sus hombres, el cuerpo de baile es alegre y colorido y en general todos los personajes tienen una fuerte carga histriónica.

Una hora después, cuando terminó la función yo estaba segura de que al salir cada quien tomaría su camino porque, aunque había mucho de que hablar no había cómo y seguramente Yury no iba a querer más que deshacerse de mí para irse a hablar con alguien que sí pudiera entenderlo. Me conmovió mucho que, una vez afuera del teatro, me invitara a caminar rumbo a un restaurante donde podíamos cenar. Su relajación y apertura hizo que yo me sintiera de la misma forma y acepté gustosa; dimos un paseo por la Plaza Roja “hablando” de cualquier cosa y mirándonos inquisitivamente para ver si lográbamos entendernos, nos detuvimos en un puesto a comprar un par de helados que disfrutamos camino a un lugar de comida rusa-ucraniana donde transcurrió una de las mejores cenas de mi vida.

El lugar estaba lleno de objetos típicos que las familias rusas usaban en las cocinas, muebles y textiles para las diferentes estaciones del año, utensilios, decoraciones tradicionales, cuadros y un gran número de artefactos y herramientas. Yury ordenó al mesero un montón de platillos deliciosos que a mí me faltaba probar. Orgullosamente pedí en ruso una bebida que ya conocía y cuyo nombre podía pronunciar, pregunté por el baño, y dije por favor y muchas gracias   sintiéndome en total dominio de mis facultades verbales.

Mientras cenábamos, Yury me explicó de modo muy divertido el funcionamiento de todos y cada uno de los utensilios caseros que se exponían en las paredes; entre idiomas, señas, bailes, ruidos, dibujos y lo que fuera necesario nos contamos algunas cosas de nuestras vidas, lo regañé por ser fan de Luis Miguel y él dijo riendo que éste hombre era admirable por su gran voz, además de un gran artista. Lo respeté. Nos entendimos y nos malentendimos de maneras muy graciosas, aprendí de historia de Rusia, de ballet y de música; porque Yury lo sabe todo y además lo comparte. Para mí dejó de ser Yury Burlaka, ex director del Bolshoi y gran académico; mi cariño y admiración por él crecieron porque además de todo lo que ya me había dado los días anteriores (boletos para el ballet y  la ópera, libros, programas de mano, su mera compañía, etc) me hizo uno de los regalos más valiosos que he recibido: me enseñó a comunicarme sin hablar el mismo idioma, a encontrar en el lenguaje corporal la intención de una frase, a reírme de cosas de las que nunca imaginé reírme y a no tener miedo de no saber, a sentirme cómoda y tranquila en un país tan distante y a vivir la calidez de su gente a través de él.

Al terminar la cena, su generosidad también me puso en un taxi que me llevó hasta mi hostal; le dije adiós en español, le di las gracias en ruso y lo abracé fuerte; quizá él no sabe qué tanto. Con ese gesto también abracé el deseo de aprender todos los idiomas del mundo para inventar alguna palabra en una lengua nueva que lo dijera todo y que a él le quedara muy clara.

Al final de esa noche recordé que esto es lo que hacemos los bailarines todos los días: hablamos de manera no verbal, contamos historias con el cuerpo, con nuestras emociones, con gestos que nos salen desde adentro. Es hermoso viajar, descubrirlo y recordarlo perdiendo el miedo de salir al mundo y al escenario para compartir lo que sentimos, con seguridad o con complejos pero de manera auténtica; así viajamos, bailamos y escribimos equivocándonos y reaprendiendo una y otra vez, moviéndonos constantes entre teatros, música, lugares y palabras.

 

 

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¡Link para ver un poco de Anyuta!

https://www.youtube.com/watch?v=B7N4UFtPqKQ&list=RDB7N4UFtPqKQ#t=2

 

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