RUSIA II: El teatro Stanislavsky

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La Sílfide y el Escocés

 

Mi segunda visita a un teatro en Moscú fue al famoso y reconocido Teatro Stanislavsky, nombrado así por el gran maestro de la dramaturgia rusa, quien fue uno de sus fundadores en 1941. Este recinto tiene dos grandes compañías de ópera y ballet que representan grandes clásicos y producciones dancísticas que no son tan frecuentes en las carteleras de América como Mayerling, Ana Karenina o Tatiana. Constantemente tienen como invitadas grandes estrellas del Bolshoi y el Mariinsky y en sus filas cuentan con un sólido cuerpo de baile, grandes solistas y reconocidos maestros.

Ese día conocí a Dima Kebets, bailarín de esta compañía moscovita durante veinte años y quien amablemente se ofreció a llevarme a ver La Sylphida, como se nombra en ruso a La Sílfide y el Escocés. Después de retirarse a los 38 años, como legalmente sucede en Rusia, Dima vivió una temporada en México dando clases de ballet; actualmente es profesor en Moscú y goza de una pensión vitalicia gracias a su carrera en la danza.

Yury, entrañable protagonista del día anterior en el Bolshoi, nos acompañó a la función y Dima fue quien esta vez ejerció como traductor al español para mí, por lo que la comunicación con Yuri fue posible sin ningún problema, a excepción de cuando ellos dos platicaban y yo no tenía más remedio que observarlos ladeando la cabeza como hace mi cachorra shihtzu cuando hace esfuerzos por entenderme.

El Stanislavsky fue remodelado hace no muchos años y lo primero que me gustó al entrar fueron las hermosas paredes pintadas de azul rey con detalles blancos y candelabros cristalinos; es un teatro mucho más sobrio que el Bolshoi pero de una belleza sencilla y acogedora. En los múltiples salones había instaladas vitrinas con documentos históricos sobre diferentes ballets, bocetos de diseños de vestuarios, notas a lápiz de coreógrafos famosos y pantallas de televisión que transmitían videos dancísticos, entre ellos uno antiquísimo del cuerpo de baile en una época donde solamente las bailarinas principales usaban zapatillas de punta; el video era fascinante, incluso gracioso. Me conmovió mucho verlo porque me encontré frente al origen de los grandes cuerpos de baile de la actualidad, como el que estaba a punto de ver en vivo y como del que que yo misma formo parte en México. Con sus medias puntas las bailarinas ejecutaban algo que parecía ser el mismísimo cuerpo de baile de la Sylphide. Me llamó mucho la atención ver que cuando se iban a sus filas laterales despejando el escenario para que la bailarina principal hiciera su variación descansaban, no en una pose inmóviles, sino en colocaciones relajadas mientras platicaban entre ellas o arreglaban sus sencillas zapatillas.

La sala principal del teatro, mucho más pequeña que la del Bolshoi pero exquisita y con un bello telón, estaba también pintada de azul y blanco. Una vez dentro disfruté junto a Yury y a Dima una función de La Sylphide muy diferente a la que había visto y bailado antes: la versión de 1972 de Pierre Lacotte, quien es conocido entre otras cosas por ser especialista en la reconstrucción de ballets perdidos del período romántico, título profesional francamente envidiable. La suya es una versión anterior a la de Bournonville y para la cual Lacotte hizo un enorme trabajo de investigación con el objetivo de rescatar la producción original de Filippo Tagglioni. La historia de La Sílfide y James es exactamente la misma pero la música es de Jean-Madeleine Schneitzhoffer y, aunque me parece bonita, no me resulta tan emotiva como la de Herman Løvenskiold usada en la adaptación de Bournonville. De cualquier manera fue un gran privilegio poder ver la versión más apegada a la original, de hace 150 años; algo que es posible en Moscú ya que es una ciudad que se puede dar el lujo de presentar simultáneamente el mismo ballet en sus diferentes versiones gracias al gran número de compañías, teatros y bailarines que tiene.

Durante la función admiré a los bailarines rusos por sus hermosas líneas y capacidades físicas, el cuerpo de baile me pareció impecable (aunque no tan expresivo y jueguetón como lo esperaba) y fui cautivada sobre todo por el personaje de Madge, la bruja. El bailarín que la interpretó fue también un actor con una fuerza escénica asombrosa, logrando encarnar de manera impactante a un ser víctima de una de las más bajas pasiones humanas: la venganza.

Al terminar, Dima, Yuri y yo platicamos sobre nuestras apreciaciones; mis expertos acompañantes rusos criticaron a la bailarina principal por su falta de estilo en los brazos y aplaudieron a James por su calidad interpretativa. Mientras caminábamos por el pasillo hacia la salida vimos la enorme exposición fotográfica de la compañía que está instalada y ellos me hablaban con familiaridad de grandes estrellas del mundo ahí retratadas como Serguéi Polunin y Natalia Osipova.

Al salir cenamos en un agradable lugar llamado Chéjov (porque la literatura también se come y se bebe) y Dima y Yuri me hicieron probar la sopa Borsch, la original ensalada rusa, los blinis y el Kvas. En medio de la agitada vida nocturna de Moscú nos encontramos hablando de mi vida en la compañía en México y su realidad en general, de los bailarines de ballet en Rusia, de la afición de Dima por la perfumería y de la amistad de Yuri con grandes directores de orquesta y otras personalidades. Fue una noche muy especial, llena de música, palabras y sabores todos nuevos para mí; una noche de esas que uno no imagina cuando está en su cama un día cualquiera, planeando un viaje a Rusia o enfrente de la computadora, escribiendo para un blog.

 

 

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Dima y Yury en el patio interior

 

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