RUSIA I

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El Teatro Bolshoi I
El teatro rojo y dorado
Ópera: La novia del zar

 

Hasta hace quince días siempre sentí que Rusia no era de verdad. Ni el Teatro Bolshoi, ni sus bailarines, músicos, óperas o literatura. Vaya, existían en mis libros, en los videos de ballet que estudiaba en la escuela, en las voces de mis maestras, en las dos palabras en ruso que sabía, en la fama de sus compañías y en las pocas veces que vi a algunos bailarines venir de gira a México. Estaban tan lejos que siempre tuve la impresión de que el país, el Mariinsky y el Bolshoi eran parte de algún mundo fantástico, donde habitaban los mejores bailarines del mundo.

 

Pero Rusia es real y el Bolshoi también. Esa noche tuve dos espléndidos acompañantes, si no es que los mejores: Yury Burlaka, nada menos que el exdirector del Ballet Bolshoi, a quien conocí en México durante el montaje de La Esmeralda y, desde entonces, admiré muchísimo, y Kilian, un estudiante mexicano de Teatro que se desenvuelve en Moscú como un ruso más y que, además de ser adorable, fue un gran eslabón para que Yuri y yo pudiéramos comunicarnos.

 

La cita fue a la hora de la comida y después de renovar mi paladar con sabores exóticos, caminamos hasta el teatro. Antes de llegar, Kilian me dijo: «cierra los ojos» y de la mano, seguimos unos metros; cuando los abrí estaba ante una monumental fachada con columnas de un diámetro gigantesco. Quise verlo de frente con calma, pero Yury, apresurado, nos hizo entrar y, sin mucho preámbulo, subimos las escaleras hacia los palcos. Yo lo seguí con paso acelerado mientras trataba de asimilar que estaba en el Bolshoi por primera vez y mi mirada pasaba fugazmente de los candelabros a los espejos, tapices y gente muy bien vestida.

 

De repente se abrió la puerta del palco y entramos a él. Yury nos cedió a Kilian y a mí las sillas del frente y por fin pude mirar hacia arriba, hacia los lados y hacia el enorme, ostentoso y avasallante telón del famosísimo teatro. La sala estaba casi llena, todo era brillante y mi lugar era lateral pero muy cerca: podía ver a los músicos de la orquesta. Todo a mi alrededor era majestuoso: el telón de más de 700 kg; terciopelo rojo, seda y oro por doquier; el palco principal esplendoroso, que portaba el antiguo escudo ruso; lámparas enormes. Luz, luz y más luz. La gente tomaba fotos al techo, a la cortina, a ellos mismos, al programa de mano y a los boletos. Cuando se apagó la luz de la sala el ruido se convirtió en murmullo, entró el director de orquesta, recibido con cálidos aplausos, y saludó a sus músicos. Entonces llegó un momento que siempre considero muy especial: el inicio de la obertura. Ese instante que me dijo: «ya estás aquí, el teatro que no existía se hizo realidad».

 

La novia del Zar; esta ópera, compuesta por Rimski Korsakov, tiene una de las oberturas más hermosas que he oído: torrencial y bellísima. No sé de ópera como de ballet, pero las obras de arte de este tamaño tocan el alma de cualquiera. Apreciar la hermosa escenografía, los vestuarios, la orquesta, leer los títulos, entender la escena, o seguir al cantante con la mirada, es el gran dilema de presenciar una. Por suerte hay tiempo para todo; las óperas suelen durar unas tres horas y, aunque con esta duración da tiempo de hacer todo aquello, después del primer intermedio mi cuerpo empezó a sufrir los efectos del jet lag. Era mi primer día después de haber aterrizado de un viaje larguísimo y empecé a quedarme dormida sobre el barandal de suave terciopelo de mi privilegiado palco. Por suerte Yury no podía verme. No me podía permitir sucumbir a ese instinto pero no recuerdo haber luchado tanto para mantenerme despierta; veía a la pobre Marfa agonizar envenenada y cantar divinamente, sintiéndome en una especie de sueño despierto: ese que es imposible combatir. Discretamente, me pellizqué la cara, el brazo y lo que fue necesario, y me dije «por dios, Isabel, no viniste a Rusia a quedarte dormida ahora». Logré llegar hasta el tercer acto, reanimada por el intermedio y por Rimski Korsakov, que despierta el corazón del más durmiente, así que disfruté las últimas escenas con entusiasmo y mayor lucidez.

 

Al final de la función descubrí la simpática manera que tienen los rusos de aplaudir: con ritmo, como un segundero entusiasmado. Me fascinó. Al salir paseamos con más calma por el vestíbulo y los pasillos y, en la tienda, que me transportó felizmente a aquella experiencia en el Teatro de la Royal Opera House, Yury me hizo un gran regalo: un libro sobre la construcción e historia del Teatro y el programa de mano de esa noche. Ambos, junto con su compañía, los atesoraré toda mi vida.

 

Afuera, con el atardecer de la media noche, Yury, Kilian y yo platicamos un rato frente a la entrada principal, cobijados por la estatua de Apolo y los puestos de helado del festival de verano a nuestro alrededor. Volví a mi hostal descifrando el metro, riéndome sola por haber dormitado en tremendo recinto, feliz de haber oído las famosas campanitas de la primera, segunda y tercera llamada del Teatro Bolshoi y por descubrir que Rusia, aunque lejos, sí existe y está ahí para deslumbrar a quien se lo permita.

 

 

 

http://www.instituteartist.com/feature-Bolschoi-Guillaume-Herbaut

 

 

 

Apolo

 

 

 

Uno de los pasillos antes de entrar al palco

 

 

 

 

 

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