De quienes inspiran

Chivis

Cuando leí la frase de Martha Graham que dice: “un bailarín muere dos veces” sentí que tenía razón: dejar de ser bailarín profesional (dejar de ganarse la vida bailando) implica desprenderse de una identidad que nos ha sostenido por muchos años. Es cierto que se será un bailarín que ya no ejerce y que probablemente la danza nunca acabará de abandonarnos, pero renunciar a bailar es contundente y dejar una compañía a la cual se ha pertenecido por diecinueve años, como lo hace la bailarina de la que hoy se trata este texto, significa renunciar a casi dos décadas de una rutina muy especial de vida que debe mantenerse estable pese a cambios personales, etapas familiares y remolinos de la existencia que naturalmente nos descolocan y nos reinventan.

En 1999 Silvia llegó a la Compañía Nacional de Danza para tomar su primera clase de ballet como nueva integrante del grupo; emocionada y nerviosa como cualquiera. Clara Carranco, maestra que con el paso de los años se convertiría en una figura importantísima en su carrera y la acompañaría en un sinnúmero de experiencias tras bambalinas, fue quien impartió la clase ese día.

La historia de Silvia dentro de la CND no está sellada por escándalos, grandes reflectores de protagonismo ni ríos de dramas dancísticos y es así, como para mí se convierte en una carrera digna de contar: honesta, disciplinada, plena y que desarrolló una constante sabiduría. En todos estos años vivió cuatro direcciones diferentes, tres ascensos de categoría y un atrevido aproximado de 1,900 funciones;bailó la mayor parte del repertorio de la compañía como cuerpo de baile y solista, y desempeñó papeles principales que construyeron en ella una bailarina completa que aprendió a valorar cada uno de los roles que cayeron en su manos (y en sus pies).

Por elección propia, no desechó jamás la oportunidad de seguir bailando dentro del cuerpo de baile debido a dos razones poderosas: el respeto que le merece el conjunto de bailarines más grande de una compañía y el cariño que le tiene a esa primera categoría a la que uno aspira cuando sueña con ser bailarín profesional y donde tuvo que ganarse su lugar a base de esfuerzo físico, buena memoria, agilidad e intachable disposición para el trabajo. A esas primeras experiencias dentro del cuerpo de baile y de la mano del trabajo arduo para conseguir lo que se quiere, llanto de cansancio en ocasiones y no decir en voz alta “no puedo más”, aunque muchas veces se lo gritara el cuerpo, le siguieron papeles de mayor importancia: solos, pas de deux, e incluso roles protagónicos que nunca llegó a imaginarse poder interpretar; es decir, la carrera de bailarina se tornó sorpresiva y gratificante hasta alcanzar momentos inolvidables llenos de profunda sensibilidad y exploración artística como el ballet Muñecos de Alberto Méndez, papel que, por la emoción de su voz al referirlo fue quizá el más importante para ella.

Este mes, después de sus diecinueve años como bailarina profesional, Chivis, como cariñosamente la llamamos todos, cierra un ciclo que representa la mitad de su vida y lo hace de manera madura y satisfecha.
Desde que la conocí se ganó mi respeto, desde que compartí más de cerca su carrera como compañera la admiro y desde que nos acercamos de manera más personal la quiero; por eso hoy me senté con ella a tomar un café y a escucharla. Me siento afortunada de compartir su último día oficial dentro de la compañía; hace un momento vació su locker en el vestidor de bailarinas, regaló ropa de trabajo a algunas de sus compañeras y tomó su última clase de ballet que, en una hermosa coincidencia que bien aprovechó, volvió a ser dictada por Clara Carranco.

Casi todas las bailarinas nos ponemos nuestras primeras zapatillas de ballet sin saber lo que estamos haciendo: a manera de juego, ilusionadas; mantenerlas puestas en los pies cuando el ballet se ha convertido en nuestra carrera profesional implica mucho rigor y una fuerte reafirmación constante de una vocación artística, pero quitárselas, después de entregar tanto tiempo en el escenario y vivir dentro de una compañía tiene que ser, de todas, la decisión más difícil. Hacerlo como ella, con los ojos bien abiertos y agradecimiento a todos los que le enseñaron algo en este camino la convierte, para mí, en alguien merecedora de recordar cuando a veces la desmotivación, el rencor y la frustración se apoderan de nosotros bailarines y nos empujan hacia dos caminos: el del cisne negro feroz y enviciado, o el que te obliga a tener los pies bien puestos sobre el foro para ser cada día un poco más como Silvia Olivares.

Su identidad se ha modificado, sí, pero su propias experiencias vividas le han dado la sabiduría para entender que dejar de verse a sí misma en el espejo maquillada y lista para una función no implica una pérdida, sino un nuevo nacimiento en forma de remembranza. Su alma de bailarina aprenderá cada día nuevas formas de bailarle a la vida.

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